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BOQUERONES A LA DERIVA: Tonos del corazón 

Por RALUCA MIRELA PETRESCU

Un jueves más de noviembre en el estruendoso alboroto de la Alameda. Las castañas asadas, con su aroma, dibujan en el aire multicolores formas de vivir, todas libres, dirigidas por Dora Maar, la pensativa dama que mira de reojo a la ciudad del paraíso. Oh, envuelta en los misterios de su silencio, regreso descalza, siguiendo el camino del revés hacia la playa de la Misericordia, a rezarle al mar, palabra tras palabra de amor.

Hoy, soy capaz de detenerme y observar cómo las nubes avanzan lentamente. Me complace perderme en la deriva de sus formas y colores, siguiendo su curso y admirando su fluidez. El viento los guía hacia destinos desconocidos, pero ellas no se resisten. Se dejan llevar, se desplazan con libertad, fusionándose con el azul del cielo, entrelazándose unas con otras. Colman los valles de las altas montañas, creando piscinas de níveas y esponjosas ondulaciones. Suben y bajan, se disipan, sin tiempo y sin dudas hasta la Alcazaba y más allá. Simplemente, transcurren, mientras la montaña sigue en su sitio, antagónica y solemne, jugando al escondite, con luces y sombras, velando sobre el concurrido puerto. Hoy la voz en mi cabeza me concede una tregua para sumergirme en el presente y sus incontables colores.

Tierra, mar y aire: un intercambio sublime entre estos tres elementos, todos fusionados en esta ciudad. Se complementan y se nutren mutuamente desde la libertad, mientras el sol se despide una vez más. La mano del mago emerge majestuosamente del ocaso, pintando el cielo con su pincel mágico de tonos pastel; el rosa y el azul se entremezclan en mis ojos que, extasiados, contemplan tu morada. El vaivén de las olas borra mis huellas en la arena mientras sigo admirando la huella dorada del sol en el agua desde mi orilla. La mano se despide… Quién fuera mar, quién fuera piel de piedra…

Abro los ojos. No percibo sombras a mi alrededor y me es indiferente. Hoy me dejo envolver por el amor infinito del mar, y eso me basta. Sin entender cómo, aquí estoy, amando de nuevo. El mismo deseo, mi fiel compañero, el inquilino eterno de mis estaciones, llega puntual con las primeras lluvias de invierno. Este mes, el sol brilla con ternura, disfrazando estas mustias calles con un matiz novedoso que la lluvia intentó borrar pero que persiste con una sonrisa.

Son las nueve y treinta minutos; el cielo se tiñe de rojo, una marea dulce entre las nieblas. Un halo de melancolía profunda se desliza de repente, revelándose como una mirada que desea, pero no se detiene a amar. Me eleva hacia la distante montaña en forma de concha, a esa roca tan aclamada por los moros, una vez nuestra. Allí, una vez nos amamos. Una última vez, beso su mirada ausente en señal de despedida. ¡Nada con olas, vete!

El vacío se cierne en la sombra de mi ser, pesando como una piedra sobre este corazón nítido, o, mejor dicho, sobre mi alma. Y, sin embargo, aquí estoy, sigo viva, en mi piel late el recuerdo del amor, y me aferro a él con fuerza. A pesar de todo, sigo creyendo. ¿Cómo no creer en el amor cuando el sol nace en el mar cada mañana y lo hace sonrojarse? ¿Cómo no creer en la compasión cuando hay manos tendidas y abrazos que todo lo curan? ¿Cómo no creer en el cambio cuando el hoy sigue siendo hoy, y sigo aquí a pesar de todo?

Es contradictorio, creo en eso que llaman amor, pero no logro saborear su dulce néctar. Me alimento como una cobarde de su recuerdo, refugiada en la sombra de mis miedos, observándolo de reojo, al igual que ella, ¡ella! ¡La del cuadro! Me enfundo en su vestido azul, el corsé me aprieta, pido ayuda; ¡Ayuda! Pero no me escuchas.

Quizás nunca has existido, quizás has sido un grano de arena en el vasto desierto, insuficiente. Quizás he sido una flor, demasiado consciente, demasiado colorida, demasiado presente. Y tú, el sírfido errante, por casualidad en el camino de espinas del ayer. Y que más me da, quizás no fuimos nada. Quizás fuimos los payasos de las sonrisas eternas, quizás una ilusión, el fiasco disfrazado de gozo, en el espejo brumoso de lo que somos, del deseo naciente de una carencia, o de un dolor. Me da igual todo. Igual me es liberarte con las olas. La espuma del mar manifiesta nuestra temporalidad y nuestro fin. Te dejo ir. ¡Suéltame la mano!

Lo percibí todo en los cálidos abrazos, en los ojos serenos y en las sonrisas que nunca fueron tuyas. No eres libre; algo pesa sobre tus pestañas cuando me miras. Tu sonrisa intenta llevarme por el sendero de las olas en calma, pero tu mirada me habla; no hay disimulo en mi mundo, ni ayer ni mañana. Ayer quise jugar a este juego, pero hoy no me apetece. Entiéndeme.

Este momento, es el que importa, cuando regreso a la orilla del mar sin buscar tus huellas en la arena. Es saltar por el precipicio, purgar el alma, eliminar la semilla podrida, sumergirse en un mar helado y bailar con las olas, permitiéndoles limpiar.

¡Ya no necesito la nada de tus labios, ni que me acaricies sin tiempo y sin anhelo! No preciso nada de esa nada vulgar que regalas sin miedo. El mundo está lleno de vacío; no necesito más desierto, ni más tiempo, ni más recuerdo. Tú tienes tu parte de razón, yo la contemplo. La verdad absoluta no existe; compite con la realidad y sus espejismos. Ambas son las agujas de un reloj de sombras que se dibujan en esta impasible arena del presente que me sostiene mientras te escribo.

Ahora lo veo, existo y no existo al mismo tiempo. Concienzuda, coleccioné granitos de arena, hasta convertirme en duna. Subordinada al poderoso tiempo, un solo soplo de viento puede cambiarlo todo y el proceso comienza de nuevo. Es una cuestión de perspectivas, contemplada desde infinitas orillas distintas. Mis huellas en la arena lo demuestran. ¿Lo ves?

Es medianoche; no hay rastro de luna. El mago, aquel que sostiene el eje atemporal del juego vicioso, dueño de todos los cuerpos y sus amantes, de los trucos mundanos del amor y de la muerte, de los colores y sus formas se ríe. Abre las puertas de su mundo y viene a preguntarme algo con su traje ceremonioso. Camina despacio; el suelo de mármol canta bajo sus pies, la canción del halo de luz y de la belleza, que choca con los opulentos esqueletos de la ciudad de los huesos. Desciende por los pedregales hacia el mar, pasando por la calle de mi amado, mientras suenan las campanas, anunciando tormento. Pero mi pobre muchacho no escucha; duerme ajeno a mi luna y sus secretos de amores, balanceándose en su dubitativo sillón. El mago se detiene bajo su ventana, me avisa soberbio del veredicto y no me permite entrar a despedirme. El color verde de su lienzo delata una traición: juega a dos bandos. Él acaricia como yo dos almas: la del pasado, la del presente, sorbiendo de la taza del deseo, prudente, prudente… Me alejo…

Aquí, en la orilla de las Acacias, me detengo. Me arrodillo, en arena y en barro al mismo tiempo, en la profundidad más absoluta de mi ser, bañada por la luna y la niebla, esperando que amanezca en mi intangible realidad. En mí arde la experiencia vital del cambio. Algo en mí se rebela, algo de mí no encaja en tu mundo y no pasa nada. Aquí, a orillas del mar que huele a flores de acacia, me detengo a sentir.

Qué más da todo, disfrutemos mientras tanto un ratito más de la vida, en el ahora; pasado mañana nuestras miradas se perderán en las distancias y las esquinas agudas de las rocas desgarrarán un corazón; siempre hay uno que llora al final, manchando la roca de sangre. Mientras tanto, bailemos y hagámoslo eterno.

OBRA: Pilar Consuegra Romero: «Isadora Duncan me habla 2», 2020. Bolígrafo sobre papel, 15 x 21 cm.

Seguimos publicando las propuestas ciudadanas seleccionadas con motivo de “DERIVAS. Extravíos en la ciudad del paraíso”, proyecto creado y dirigido por Vicky Molina y Lidia Bravo

Vocalía ACCIÓN LITERARIA