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LECTURA POWER: “El lector”

Por   BERNHARD SCHLINK

“El recuerdo, que ilumina con claridad y retiene firmemente mis primeros encuentros con Hanna, ha hecho borrosos los contornos de las semanas que pasaron entre aquella primera conversación y el final del curso escolar. Una explicación puede ser la regularidad con que nos encontrábamos y conque discurrían nuestras citas. Otro motivo radica en el hecho de que hasta entonces nunca había vivido días tan intensos, de que mi vida nunca había transcurrido tan rápida y tan densa. Cuando pienso en mí estudiando en aquellas semanas, me parece como si me hubiera sentado al escritorio y no me hubiera levantado hasta recuperar todo lo que había perdido durante la hepatitis, aprendido todas las palabras, leído todos los textos, demostrado todos los teoremas matemáticos y combinado todas las fórmulas químicas. Sobre el Tercer Reich y la Alemania de la época inmediatamente anterior ya había leído mucho mientras estuve en cama.

También nuestros encuentros se han convertido en mi recuerdo en un único y largo encuentro. a partir de la conversación, siempre nos veíamos por la tarde: cuando ella tenía turno de noche, estábamos juntos de tres a cuatro y media, y en caso contrario quedábamos a las cinco y media. En casa se cenaba a las siete, y al principio Hanna insistía en que fuera puntual. Pero al cabo de un tiempo la hora y media empezó a hacérsenos corta, y solía inventarme excusas para saltarme la cena. Y el motivo de que nos faltara tiempo es que había empezado a leerle en voz alta.

El día siguiente a nuestra conversación, Hanna me preguntó qué cosas aprendía en el colegio. Le hablé de los poemas de Homero, de los discursos de Cicerón y de la historia de Hemingway en la que un viejo lucha contra un pez y contra el mar. Ella quería saber cómo sonaban el latín y el griego, y le leí fragmentos de La Odisea y de Las Catilinarias.

—¿Y no aprendes también alemán?

—¿Qué quieres decir?

—¿Sólo aprendes lenguas extranjeras, o también os enseñan algo en la lengua del país?

—Sí, nos hacen leer cosas.

Mientras estaba enfermo, mis compañeros habían leído “Emilia Galotti” e “Intriga y Amor”, de Schiller, y teníamos que entregar un trabajo sobre esos libros. Así que tenía que leérmelos, pero siempre iba dejándolo para más adelante. cuando por fin tenía tiempo para leer, ya se había hecho tarde y estaba cansado, de modo que al día siguiente no me acordaba de lo que había leído y tenía que volver a empezar.

—¡Léemelo!

—Léelo tú misma, te lo traeré.

—Tienes una voz muy bonita, chiquillo. Me apetece más escucharte que leer yo sola.

—Uf…, no sé.

Pero al día siguiente, cuando fui a besarla, retiró la cara.

—Primero tienes que leerme algo.

Lo decía en serio. Tuve que leerle “Emilia Galotti” media hora entera antes de que ella me metiese en la ducha y luego en la cama. Ahora ya me había acostumbrado a las duchas y me gustaban. Pero con tanta lectura se me habían pasado las ganas. Para leer una obra de teatro de manera que los diferentes personajes sean reconocibles y tengan un poco de vida, hace falta un cierto grado de concentración. en la ducha me volvían las ganas. Lectura, ducha, amor y luego holgazanear un poco en la cama: ése era entonces el ritual de nuestros encuentros.

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO

Vocalía de Acción Literaria del Ateneo de Málaga