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La victoria en América de Concha Espina (3)

POR ANDRÉS ARENAS


No se conoce otra dedicación a la docencia a Concha Espina fuera de la que desarrolló en Vermont. Hubiera sido difícil que dispusiera de tiempo suficiente tras la cantidad ingente de novelas, ensayos, obras de teatro y poesía que escribió; tal es así que prácticamente sale a novela por año e incluso en algún año dos. Su figura destacará no sólo por la fecundidad y calidad de su obra, sino por pertenecer a una generación en la que no era frecuente que la mujer viviera de su oficio de escritora. Un caso comparable sería el de la escritora Carmen de Burgos [1867-1932], coetánea suya, y con una obra abundante igualmente. Carmen, conocida por su seudónimo Colombine, realizó una amplia tarea como traductora, novelista y como periodista.

A las dos les une su dedicación a la causa del feminismo en una época en la que estaban todavía por lograr el reconocimiento del voto de la mujer [1931]. No olvidemos que, aunque Singladuras se publica en 1932, es en 1929 cuando Concha Espina es invitada por el Middlebury College para hablar de su narrativa. La novelista santanderina se ocupará con bastante detenimiento en el libro de la situación de las mujeres en Estados Unidos. Como dice la prologuista del libro Cristina Narbona: «Concha Espina se manifestó en la vanguardia de los ideales de libertades públicas y derechos civiles republicanos. Un período en el que la escritora santanderina se distinguió por su reivindicación de la igualdad de la mujer». Bien es verdad que la Guerra Civil provocó en ella un sesgo ideológico hacia el gobierno de Franco que ha hecho que se considere su figura como escritora de derechas. Obras como Retaguardia [1937] Esclavitud y libertad. Diario de una prisionera [1938] y la novelita corta La torre verde son prueba de lo que estoy diciendo. ¿A qué se debió este giro tan radical en su vida? Según Pérez Bernardo es a partir de 1935 cuando Concha Espina, que había acogido con simpatía el gobierno de la República y su política educativa, comenzó a perder sus esperanzas en la República como consecuencia de la situación histórica y de los sucesos que ocurrieron esos años; en concreto estaba muy descontenta con el radicalismo que había surgido entre algunos dirigentes del gobierno. En la misma línea se pronuncia Fernández Gallo cuando escribe:

Es muy difícil explicar el cambio ideológico de Concha Espina atendiendo a causas objetivas. Recientemente me he entrevistado con dos de sus bisnietos y me han insistido en el carácter progresista de su bisabuela que solo en apariencia se agota durante y después de la guerra. La ruptura  con sus ideales políticos anteriores se produce en la escritora sin duda por influencia de sus hijos, como ella misma ha reconocido, sintiéndose parte implicada en la guerra, afectiva y activamente. […] Concha Espina que en el año 35 había representado al Gobierno de la República en la celebración del Cuarto Centenario de la ciudad de Lima, y que había afirmado que éste era el sistema de gobierno que más le convencía, se siente decepcionada, al igual que le sucedió a Ortega y Gasset, tal como me comentó Paloma Sainz de la Maza, y aboga ahora por las razones del bando nacional, defendiendo la ideología de José Antonio Primo de Rivera, bastante coincidente, en sus orígenes con la escritora. [….] Las obras que escribe durante la guerra no parecen creadas por la misma autora que las de la etapa anterior, especialmente las de tema social. Sufre una enorme regresión, sólo explicable por su padecimiento y su conservadurismo religioso […] La Guerra Civil marcó su vida por completo.

Mujer progresista en buena parte de su vida no le importará encabezar un escrito en defensa de Galdós, o solicitar al gobierno de Primo de Rivera el indulto para el anarquista Archer, o figurar en la lista de las mujeres del Lyceum Club o ser la primera mujer en subirse a un aeroplano o ser una de las primeras mujeres en vivir de la literatura.

Habida cuenta de que una de las tareas que le encomendaron a Concha Espina, además de hablar de su obra, sería disertar sobre la mujer en España, ella prestará una atención especial a la mujer americana. De ella escribirá: «Nosotros nos limitaremos a decir que, salvo excepciones poco numerosas, la mujer trust de nuestra información ha resuelto ya todos sus problemas, no muy complicados por cierto. Trabaja y recibe un salario….Ese dinero le pertenece; nadie se lo disputa; es íntegro, para divertirse desde el sábado por la tarde hasta el lunes al amanecer…Las casadas se han hecho independientes por la gracia de un sueldo y no necesitan del marido para comer mal y vestir bien, para asistir a los bailes y otros espectáculos alegres.» A esta independencia le pondrá algunas pegas en el sentido de que esta independencia le genera cierta insatisfacción:

Pero la hembra autómata que yo miro bien, ahora que nadie me interrumpe, me parece, en efecto, una esclava del maquinismo, ignorante de su íntima conciencia, diluida en los demás de un modo mecánico: una criatura fuera de sí.

A todo esto le contrapondrá la situación de la mujer en España que naturalmente deja algo que desear. Concha Espina bien lo sabía, pues había tenido que lidiar con un marido insensible a su labor literaria y a quien tuvo que enviar a México. Finalmente logró su divorcio gracias a Clara Campoamor que defendió su caso, al igual que el de Josefina Blanco y Valle Inclán. Tal vez tuviese este hecho en mente cuando escribe con cierta amargura: «Aquí en España, el amor es muy triste: una cadena espinosa para toda la vida; las mujeres no sabemos nada más que coser y rezar; somos, generalmente, manolas, bravías o beatas, en el sentido hipócrita y ñoño, mientras los hombres se dedican al toreo, a la gañanía y a la Inquisición. De esta mezcla endiablada se forma la masa de nuestro pueblo; aunque se nos den, por añadidura, algunos poetas, artistas y quijotes, algunos enamorados con inclinación al crimen pasional». No solo se extenderá hablando de la independencia de las mujeres sino también aludirá a su poder en la sociedad:

Es inútil negar que existe aquí un imperio de la ginecocracia y que un recio mástil de la humanidad femenina se enarbola con altivo grimpolón en los estados más poderosos de América. Saludemos con orgullo a las iniciadoras de nuestra liberación social, y mantengamos con ellas la esperanza, que es un soplo divino. […] Es la desordenada rebeldía de quien sabe y pretende cobrar los atrasos de una bárbara cuenta en cuyo saldo purga el hombre sus trampas como deudor. Y alabamos el gesto vindicativo de nuestras hermanas, la bizarría con que aprovechan el auge de su nación. […] Y que nos lleva, como reacción colectiva, a “encontrar” muy bien lo que en las norteamericanas nos ha parecido mal. ¿Son mujeres? Pues tienen razón. ¿En qué? En todo; nada importan los análisis a estas alturas de vehemencia. Sí, señores. Tienen razón en “esto”, en “aquello” y en lo de “más allá”.

El apartado que cubre su análisis de la mujer americana se cierra con la enumeración de las personalidades descollantes que han tenido como protagonistas a mujeres. Así nos hablará de Anna Hyatt, esposa de Archer Milton Huntington, de Lou Henry Hoover, esposa del presidente estadounidense, de Alice Foote MacDougall, mujer de negocios y emprendedora de éxito, y finalmente de Virginia Clemm, adolescente unida a Poe en el amor y en la miseria.

Uno de los capítulos más detallado del libro de Concha Espina tiene que ver con la actividad principal que la llevó a Estados Unidos: explicar su obra durante varias semanas en el Middlebury College. La autora santanderina nunca había ejercido antes la profesión docente y todo ello, además de estar en un país distinto del suyo, resultaba una novedad para ella. Pasará primero, aunque allí no llegó a trabajar, en la Universidad de Columbia, después se dirigirán ella y su hija a Vermont, iniciando así un periplo por los Estados Unidos que incluirá la Universidad de New Brunswick, Webster Groves [Missouri], Tucson [Arizona], la Universidad de California y finalmente la Universidad de Stanford. Recorrerá de esta forma el país de un extremo al otro.

La autora de El metal de los muertos hará un detallado análisis de la profesión docente en Estados Unidos, donde los profesores van ascendiendo por objetivos y no como en España, donde una vez que has aprobado las oposiciones, puedes ya relajarte y dejar de publicar. A Concha Espina no deja de maravillarle el interés con el que siguen sus enseñanzas los alumnos. En algún momento comentará el desarrollo de las clases con poca confianza en su aptitud pedagógica:

El aula «de mis pecados» se extendía en amplísimo local abierto con numerosas ventanas a la luz y a la hermosura del parque. Tuve la honra de ver muy concurrida aquella sala desde cuyo pequeño estrado, todas las mañanas a las 12 en punto, hallé frente a mí la solicitud de mucha gente deseosa de aprender lo que yo no podía enseñar. Íntimos reparos, delicadezas del más vivo respeto a una profesión que no es la mía, daban a mi persona allí un tinto exótico en el docente servicio de la clase… Tras terminar el período de docencia, les organizarán una despedida que resultará emotiva. Desde Vermont emprenderá viaje a Canadá donde visita Montreal y las cataratas del Niágara. Poco después, ya en Manhattan toman el barco para regresar a Europa y a España, donde no olvidarán la hermandad que han vivido haciendo patria y dejando un recuerdo imborrable en todos aquellos que trataron a nuestra escritora. Por ello nada tiene de extraño que la Hispanic Society de Nueva York le otorgue el título de miembro honorario.

Vocalía de Acción Literaria del Ateneo de Málaga

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