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La decisión

Por  VICTORIA INÉS OROSA JIMÉNEZ

El tórrido calor de la noche se agarraba a las aceras, flotaba en el aire denso sin dejar pasar una brizna de fresco, pasaban las tres de la mañana y como no  podía coger el sueño me acerqué la ventana que ya estaba abierta de par en par, me asomé refunfuñando, agotada por el calor, había una oscuridad espesa, iluminada solo por la farola que colgaba de la fachada, de repente, la cancela del portal se abrió y un bisbiseo de voces irrumpió en la calma de la noche. Era ella.

Salió a la calle con paso acelerado cogiendo fuerte a sus tres hijos, llevando en la otra mano una especie de hatillo improvisado hecho con una sábana o un mantel lleno de cosas que hubiera cogido con urgencia, supongo que algo de ropa y poco más. Andaban con prisa, la miré desde el ángulo que me permitía  la ventana pero ella no me vio, tenía el pelo alborotado y el gesto triste, los niños iban con las cabecitas gachas y cogidos de la mano.  Un coche blanco frenó a su altura, entraron los cuatro y arrancó a toda prisa. Todo fue rápido. Me quedé mirando cómo el coche se hacía cada vez más pequeño hasta perderse en la bruma de la madrugada. La imaginé dentro, insegura, temerosa, callada,  pero también satisfecha de haberlo hecho, pensaría  en su casa, en la vida que dejaba en ella y las mismas preguntas que rumiaba a todas horas; qué pasó para que todo eso le ocurriera a ella.

Le costaría olvidar el nudo que se aferraba a su garganta cada noche, cuando oía girar la cerradura de la calle y aparecía él con la mirada emponzoñada, oliendo a güisqui de garrafón, no importaba que todo estuviera en su punto, los niños  acostados, la cena preparada, las zapatillas al pié del sillón, siempre había algo que se torcía y entonces ella se sentía más culpable, más insignificante, más diminuta ante sus malas palabras, su voz entrecortada y la furia de su mano.

Yo era la única vecina que lo sabía y le había dicho tantas  veces que se fuera de casa, pero ella no se decidía porque no tenía adonde ir. Hasta que consiguió ese trabajo en un hotel de la costa, ese empleo fue la llave que le daría la libertad.

Nunca me contó su plan para huir de casa, pero imagino que llevaría tiempo urdiéndolo  y aquella noche fue la elegida.

Seguro que lo esperaría sabiendo que iba a ser la última, aguantaría los golpes de forma estoica,  con chulería, después, cuando el alcohol y el cansancio lo dejaran tan dormido como un muerto, se acostaría a su lado, con los ojos bien abiertos, esperando el momento oportuno, luego despertaría a los niños, con sigilo abrirían la puerta, recorrerían el pasillo del portal hasta salir a la calle, en silencio, sin mirar atrás, con el único afán de ponerse a salvo. No la volví a ver, ni me buscó ni me llamó por teléfono, ni mucho menos supe quién la recogió aquella noche. Rompió con todo. Esa fue su decisión. 

TEXTO SELECCIONADO EN EL CONCURSO ESPECIAL DE RELATOS POR EL “DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER”

Vocalía de Acción Literaria del Ateneo de Málaga

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