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Ladridos en la noche

Por L.D. TANKER

Texto seleccionado para su publicación en el blog del Concurso de Relatos “Pesadilla en Compañía Street”

31 de octubre 1893, Virginia. Mi jornada en el Weston Hospital Mental acaba de terminar.

Estoy horrorizada desde que presencié cómo el doctor B. practicaba una lobotomía a un paciente que murió ipso facto. Ese día sentí una inquietante punzada que atravesó mi pecho y lo hundió hasta ahuyentar cualquier atisbo de esperanza. Creo que este trabajo va a acabar de forma paulatina con mis ilusiones profesionales. Hace semanas que como poco, duermo a ratos y me planteo abandonar mi puesto, por el que tanto luché. Quiero salir de este espoliario. Recuerdo las palabras de mi hermano Scott cuando me marché de Massachusetts: «Querida Karen, la fantasía siempre ha desbordado tu personalidad. Intenta ser cautelosa y protegerte del mal ajeno».

Añoro a mi familia, la compañía, el calor humano…Necesito un descanso.

―¡Hasta mañana, George! ―Me despido del conserje que suele ser mi último contacto.

Justo cuando atravieso la verja, acecho a media distancia un cuadrúpedo, de pelaje oscuro, solitario y sentado en el camino. Su triste figura es iluminada por uno de los faroles instalados en el muro exterior, que acentúa y alarga su sombra hacia el desvío que debo tomar. Su simple imagen me espeluzna, parece una alimaña. La espesa niebla comienza a rodearlo. Trato de aligerar mis pasos, pero un cavernoso aullido me paraliza. Giro la cabeza con lentitud y lo observo de reojo. Sus lamentos parecen el llanto de un perro moribundo. Me doy la vuelta y con mucho cuidado me aproximo hasta tenerlo frente a frente. Su rostro muestra una célica mirada que me consigue convencer.

― Está bien ¡Ven conmigo!

Bajo el inconstante parpadeo del alumbrado, sobre la acera de la calle Chestnut, se reflejan nuestras siluetas. Llegamos al número 108. Vivo en una vieja casa que alquilé al doctor B. Abro la puerta. La humedad crepuscular se ha deslizado por los cristales dejando algente la estancia. El chucho atraviesa el umbral olisqueando todo lo que descubre a su paso: la alfombra del recibidor, los periódicos apilados en el primer escalón, una mesita coja de madera, una taza, un viejo sillón, una manta y, al llegar al quicio de la cocina, se detiene.

―¿Te apetece comer?

―¡Pues claro que sí!

―A ver qué tengo  ―le digo al perro, como si me entendiera.

El animal me observa. Entro a la cocina y pongo las sobras de la cena de ayer en una bandeja. Las devora nada más olerlas. Cojo agua y la vierto sobre un cubo. Parece estar saciado. El animal empieza a temblar. Hace demasiado frío en la casa.

―Encenderé la chimenea. En un rato nos aliviará a los dos.

Prendidos los troncos del hogar, me acomodo en el sillón y me bebo una taza de té recién hecha. El perro se acuesta a mis pies. Víctima de un cansancio acumulado, empiezo a cabecear, pero el chucho me despierta de un salto. Ladra como si estuviera viendo a alguien. Su cuerpo apunta hacia la pared que reviste el hueco de la escalera. Por miedo al escándalo, le mando callar, no son horas de ladrar.

―¡Calla, calla!, ¿qué ocurre chucho?, ¡no sé por qué ladras!

Se vuelve hacia mí, se abalanza y me empuja. Con extrema rabia me muestra los colmillos. Me da pavor y retrocedo. Se vuelve loco chocándose contra esa maldita pared y empieza a arrancar todo lo que puede con sus garras y dientes. Caen trozos de yeso y papel sobre el suelo. Parece que deja al descubierto un hueco atravesado por dos tablas de madera. El animal no para de ladrar. El hueco se anuncia insondable y lo alumbro con un candil hasta donde puedo. Percibo un olor putrefacto y titubeo un instante, pero decido refugiarme en el poco valor que me queda y accedo. Agarro con fuerza una de las tablas y tiro hacia mí; consigo partirla. Con ahínco, tiro fuerte de la otra y se derrumba gran parte del muro. Acaba de dejar al descubierto un cadáver momificado en postura fetal, con los brazos cruzados, como protegiéndose la cabeza. No doy crédito. La observo atentamente. Lleva puesto un uniforme de enfermera, justo igual que el mío. Retrocedo alejándome de la espeluznante escena.

Mis latidos estallan. Mi respiración se entrecorta. Llevo los puños a mi boca, los muerdo con fuerza. Las piernas me tiemblan. Mi estómago se encoje. Cierro los ojos. Grito horrorizada de terror:

―¡Es la antigua inquilina!

Un eco sordo se adueña de la estancia. Algo me dice que no es la única sorpresa.

El perro ha enmudecido. Me giro bruscamente. Se ha convertido en el doctor B. Se abalanza sobre mí cabeza con un punzón.

Gritos dementes apagan la noche.

Club de Escritura Párrafos Atenienses

*En las próximas semanas iremos colgando el resto de textos seleccionados

VOCALÍA DE ACCIÓN LITERARIA DEL ATENEO DE MÁLAGA

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