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Una mañana cualquiera

Por JOSÉ PINAZO LUQUE

Texto seleccionado para su publicación en el blog del Concurso de Relatos “Pesadilla en Compañía Street”

Bernardo se despierta temprano; cinco minutos antes de que suene la alarma y a tiempo de silenciarla. Tiene activado el despertador circadiano y, entre semana, es raro que le falle. Luego pasa por el baño y se acerca a la habitación de las niñas; con dulzura les conmina a que se preparen; que ya es hora, les dice; por último le toca preparar el desayuno. En el pasillo tropieza con algo que al deslizarse por el suelo suena metálico. Recuerda que ya tropezó anoche cuando, cerca de la una de la madrugada, llegó a casa después de tres horas de AVE. Se agacha y recoge un cuchillo. La cocina es un completo desorden, cosas por en medio e incluso una silla en el suelo; la coloca de pie, pone la cafetera y la leche a calentar y decide recoger un poco. Luego mete los platos y algunos cubiertos en el lavavajillas; cuando de nuevo coge el cuchillo comprueba que tiene restos de sangre seca, como si alguien se hubiera cortado. Se sirve un café, prepara la mesa para cuando lleguen a desayunar las mellizas y vuelve al aseo; toca darse una ducha, pero, como tiene por costumbre, antes se acerca a la cama de matrimonio y besa a la mujer, es la señal para que también ella se active.

– Alguna de vosotras se cortó ayer- pregunta y Amparo no responde.

En su rutina, después de la ducha se viste y aún sin chaqueta, vuelve a la cocina; allí, aunque están las hijas, queda sorprendido; las encuentra sin peinar, sentadas una frente a la otra y en completo silencio, mientras desayunan con desgana. Todo lo contrario a lo que suele ser habitual, ruidosas y dicharacheras, dispuestas a devorar el tazón de leche con crispies y en perfecto estado de revista. Tampoco es habitual que en todo este tiempo no haya visto a Gastón, el gato de angora que todas las mañanas le recibe a la espera de su comida; pero, que anoche, cuando llegó del viaje, no vino a su encuentro y hoy aún no ha aparecido. Como no oye a la mujer, de nuevo se acerca al dormitorio, tiene prisa y necesita que ella tome el relevo con las hijas; ha convocado reunión del equipo para darle cuenta de lo tratado en Madrid y va justo de tiempo. La encuentra sentada en la cama, quieta y con la mirada fija en el espejo del tocador. Amparo no se inmuta cuando él entra, solo al acercarse gira el cuello; una mirada perdida lo traspasa y queda aturdido cuando Amparo le dice:

– ¿Y tú, quién eres?-.

– Tu marido, ¿quién voy a ser?- se le ocurre decir y fuerza una sonrisa que termina en mueca.

– ¿Qué hago yo aquí, donde estoy?- continúa Amparo.

– Pues en casa, con tus hijas y conmigo.

Entonces Bernardo se coloca frente a ella y en un gesto de cariño, hace por acariciarle las mejillas con las manos; la mujer reacciona y con las suyas le aprieta las muñecas con una fuerza para él desconocida. La mirada de Amparo ya no resulta vacía, ni perdida; es directa, de puro terror e inyectada en sangre.

– No dejaré que me las arrebates- dice la mujer y de inmediato, desconecta de nuevo y vuelve a mirar al espejo.

Así la deja, sentada en la cama en estado catatónico. Bernardo vuelve a la cocina desencajado, no quiere que sus hijas vean a la madre en semejante situación. Piensa rápido y actúa con determinación, quiere alejarlas de la casa. Les urge a peinarse, mientras él recoge las mochilas y prepara bufandas y abrigos. Ha decidido acompañarlas al bus escolar. Ellas, como autómatas y sin pronunciar palabra, se encaminan al aseo y cuando vuelven mantienen una actitud, tan apática que desconcierta a Bernardo. Durante el trayecto y a pesar de preguntarles por la sesión de catequesis de la tarde anterior, ellas solo responden con monosílabos o no lo hacen. Tampoco cuando les pregunta por el gato. Las deja con otros alumnos en la parada y vuelve a casa angustiado por el estado de Amparo y sorprendido por la actitud de sus hijas. Está resuelto a enterarse de lo que pasa e intenta una nueva aproximación a la mujer. En el dormitorio todo sigue igual, Amparo se ha mantenido inmóvil, erguida y rígida, pero ahora además, aprieta contra el pecho un crucifijo que sostiene con fuerza entre las manos.

– ¿Cariño, qué te pasa?- le pregunta.

– ¿Qué quieres hacer con mis hijas?- responde ella.

– Solo las he acercado al autobús, tienen clase y no deben faltar.

– Esos ángeles son almas blancas al servicio del señor, han sido  elegidas. No consentiré que ningún varón se interponga.

Intranquilo y atribulado por las palabras de Amparo, no termina de entender la forma en que habla de sus hijas; no obstante, prefiere evitar una discusión o prolongar una conversación tan delirante. Nunca hubo entre ellos tanta devoción, ni en la casa motivos religiosos. Pero hace dos meses, con motivo de la proximidad de la comunión de las hijas, Amparo tomó contacto con la iglesia. Coincidió con un cura nuevo, un párroco joven recién llegado a la parroquia del barrio residencial. Un misionero del señor, le ha oído decir alguna vez a su mujer; un santo que, con verdadera devoción prepara la catequesis de nuestras hijas para la comunión, le ha comentado y a la que ella asiste con rigurosa puntualidad. Y desde entonces la casa se ha llenado de imágenes religiosas y a las niñas y a ella, nunca les faltan crucifijos y medallitas. Angustiado y por el cariz que ha tomado la situación de la mujer, se siente incapaz de manejarla, así que decide llamar a urgencias y marca el 061. La operadora que lo atiende le pide información, síntomas que le permitan orientar a los médicos.

– Está como ausente, sin conexión con la realidad, no me reconoce, me ve como una amenaza y cuando he intentado hacerle una caricia, me rechaza con fuerza-, le responde Bernardo.

De inmediato recibe respuesta, acaban de activar un recurso, una ambulancia ya va para su casa; entre tanto le recomiendan aislamiento en el dormitorio y que espere al equipo de urgencias. Mientras tanto, inquieto también por el comportamiento de las hijas, decide llamar al colegio. Le atienden en recepción; él comenta lo sucedido y aclara que, aunque por norma suele ser la mujer quien las lleva, en esta ocasión han cogido el bus; necesita comprobar que han llegado sin novedad. La chica de recepción le hace esperar mientras confirma y cuando vuelve, se le caen los palos del sombrajo; las niñas no han llegado.  Cuando Bernardo se dispone a telefonear a su trabajo, llaman a la puerta. Cree que no ha dado tiempo para que llegue la ambulancia, no ha oído la sirena y solo han pasado dos o tres minutos; entonces se dirige a la entrada y para abreviar cruza por el despacho; lo que ve le deja espantado; el gato yace sobre el escritorio abierto en canal y un reguero de sangre deja en el suelo un charco negro y seco. A pesar del horror, el sonido del timbre lo ha tranquilizado, confía en que los médicos le ayuden con su mujer; se dispone a abrir la puerta y cuando lo hace, aparecen las hijas.

– ¡Hola mamá!- dicen cogidas de la mano y como si él no estuviera, saludan a la madre.

– Hola hijas mías, puntuales a la ofrenda- oye decir a sus espaldas.

Se vuelve y la ve, solo con el camisón de dormir, exuberante; pero, pálida y fría, con los ojos inyectados de sangre y el cuchillo en la mano:

-Tengo una misión- convoca

Es entonces cuando Bernardo oye el ruido de una sirena, supone que de la ambulancia y se pregunta si llegarán a tiempo. Una vez que el equipo de emergencias consigue inmovilizarlo y antes de introducirlo en la ambulancia, Amparo se acerca a la médico y con lágrimas en los ojos, le confiesa:

– Han llegado justo a tiempo. A punto estaba de abalanzarse sobre las niñas. Acérquense al despacho y miren lo que hizo anoche mientras dormíamos.

*En breve colgaremos el último texto seleccionado

VOCALÍA DE ACCIÓN LITERARIA DEL ATENEO DE MÁLAGA

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