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LECTURA POWER: El último filósofo

Durante un montón de años Tomás estuvo obsesionado con los recuerdos de sus siete cursos en el Internado de Campillos. Al terminar el Bachillerato, después del Preuniversitario, había olvidado prácticamente aquellos siete años. Pero con el tiempo la memoria del colegio San José le fue creciendo en los pulmones, en la garganta, en el corazón, en las palmas de las manos, hasta tal punto que con una hija en el mundo aún seguía teniendo pesadillas.

Su mujer, Bárbara, tenía muchas noches que despertarlo porque, empapado de sudor, deliraba dando voces: “frío”, “salsa verde”, “el cura”, “me voy a escapar”, “chocolate con almendras”, “el parte”, “las literas”, “sábado y domingo entero”, “pasa la pelota”, “polinomios”, “vertebrados”, “pretérito anterior”, “el viento”, “que hijo de la gran puta”… No paraba de moverse en la cama de un lado para otro como un animal enjaulado.

 Se había inventado estrategias para enfriar el sueño, devolverlo a la realidad del presente a fuerza de argumentar: no, no puede ser que esté castigado porque ya soy padre de familia; no, no puede ser que me queden las Matemáticas de Preu porque ya soy Funcionario de Carrera; no, es imposible que espere en la cola que va a ser hostiada por Don José porque mañana tengo que dar una conferencia sobre Nietzsche en el Ateneo de Málaga; tampoco puede ser que esté en el comedor apunto de vomitar por culpa de este olor ya que hoy hemos comido un excelente arroz a banda.

Incluso trataba de introducir en el sueño otros recuerdos para que sirvieran de contrapeso, para que no se abandonara en la dirección angustiosa y poder orientar sus propias pesadillas tratando de hacer pie en un punto de retorno dentro del sueño.

Pero para hacer del tiempo perdido un flotador en medio de su personal océano y un hilo que lo sacara de su íntima caverna, antes, tenía que pagar una prenda importante.

Su propia imaginación tenía que saltar desde una altura cada vez mayor, sin espectadores, sólo él con sus solos fantasmas.

Únicamente cuando Tomás se veía de nuevo vestido con la camiseta verde y el 10 a la espalda, los pantalones blancos, las medias verdes con vuelta blanca y sus botas de fútbol, tan sólo en estos momentos se dilataba al máximo de sus posibilidades la hora de la vuelta que, de todas formas, iba desde las pesadillas al insomnio.

En cualquier otro caso los mecanismos de defensa saltaban por los aires y Tomás caía en picado sin que nadie pudiera cogerlo.

Y el problema era que estos argumentos salvadores de la razón solo servían, a la larga, para afilar aún más la oposición entre el tiempo real que el sentido común quería imponer y la realidad de la pesadilla que lo iba envolviendo en una red de recuerdos, estableciéndose una disputa sin fin.

Disputa a la que ponía término su mujer cuando con su mano le rozaba la espalda y suavemente lo llamaba para que tomara conciencia frente a su propio y ya familiar desasosiego, o bien el implacable despertador o el ruido lejano de algún coche, o los impulsos eléctricos de la nevera, o las medias y las horas del reloj de pared del vecino del séptimo, o sin saber por qué se despertaba en medio del silencio de la noche, todos durmiendo, y se iba al comedor para encender un cigarrillo y quedarse mirando las farolas anaranjadas de la avenida hasta que su frente contra el cristal se quedaba helada y volvía a la cama.

Muchas veces ha estado Tomás tentado de escribir algo. ¿Qué se lo impedía? Tal vez, el pudor ante la posibilidad de traicionarse, tener que recordar las muchas miserias que cada uno tiene ahí entre los pliegues de la memoria piadosamente olvidadas.

Tal vez, la presencia de su madre con la que en cada reunión familiar y a los postres y licores se ensalzaba en una disputa sobre el valor específico que el Internado había tenido para la vida de su hijo, todo un hombre de carrera.

Muy especialmente en Nochebuena; no había una noche más oportuna como para que después del pavo, ya los peces en el río, whisky y puro, alguno de los dos o una bondadosa tercera persona pusiera el tema encima de la mesa repleta de roscos de vino y mantecados de almendra con canela.

FRAGMENTO DEL LIBRO “EL ÚLTIMO FILÓSOFO”, DE JULIO QUESADA (HUERGA Y FIERRO EDITORES, 1998)

Portada: Eugenio Chicano

VOCALÍA ACCIÓN LITERARIA

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