Os dejamos con este relato, que ha sido seleccionado para su publicación junto a otras tres propuestas de los Clubes de Escritura del Ateneo de Málaga
Por RAFAEL PORRAS ESTRADA
No he servido para el ejercicio de las armas, siempre fui manso y pacífico súbdito, amante de la agricultura, la alfarería y la música, muñidor de una vida plácida que encontré en la Fontanilla, un arrabal a las afueras de la Puerta de Granada, en la fortificada Málaga, entre naranjos, granados y limoneros.
Málaga, la ciudad defendida por sus murallas, los numerosos montes, sus fortalezas y torres albarranas que en encarnizada batalla sucumbió a las huestes castellanas.
Mi nombre es Al-Basit, del clan de Alí Bordoux, y mis parientes más cercanos fueron los Saler y los que llamaron Bateleros; casi todos ellos mostraron pronto vasallaje a los Reyes Cristianos y vivieron desde entonces como mudéjares en el gueto de La Morería. Los menos, algunos del arrabal de Los Percheles, huyeron hacia el Poniente, a los territorios de los Sres. de Medina Sidonia, donde fueron buenamente recibidos para el arte de La Almadraba.
En esta ciudad de Málaga, desde muy joven, estudié farmacia y medicina en la madraza de la Mezquita Mayor. Tenía veintidós años cuando los ocupantes clausuraron mezquita y madraza, y en sus lares construyeron el primer edificio para el Concejo de la Ciudad.
En la madrugada del 12 de Julio de 1482 abandoné la ciudad en dirección a Al – Hamma en los últimos baluartes Nazaríes.
La huida se organizó al alba en los arenales del río. Estaba compuesta de una reata de cinco acémilas atadas por las colas, el mulo romo que la encabezaba llevaba una esquila al cuello, y acompasaba de forma lúgubre la expedición que aparecía y desaparecía entre las frías penumbras de la rambla.
Guardaba, como un tesoro, un pergamino atado con un lazo púrpura, que me había entregado mi maestro Al-Sahili para un pariente suyo llamado Sayed al que me había encomendado. El último consejo de mi maestro antes de partir fue…
—Querido Al-Basit: Dedícate por completo a las artes de revitalizar el cuerpo y potenciar la virilidad en los hombres y a resucitar el deseo y la sensualidad en las mujeres. No pierdas el tiempo en remediar los demás quebrantos del cuerpo y del alma, si quieres dejar de ser un pordiosero.
En la primera jornada, la caravana bordeó los cantales de Bezmiliana y nos adentramos en los bosques, buscando el camino hacia el Valle de Ballix. Después de siete días alcanzamos los altos de Zafar- raya. Atravesamos el llano y llegamos al anochecer a la ciudad de Al-Hamma.
Con el cuerpo quebrantado, pernocté en un pósito que era la única edificación donde a estas horas nos dieron cobijo. Hundido mi cuerpo en el grano, quedé pronto traspuesto arrullado con los gemidos de una aceña cercana, que me parecieron suspiros de doncella.
A la mañana siguiente, me dirigí al zoco de la Medina y pregunté por el maestro Sayed. Un vendedor de especias me indicó que vivía junto a la casa del Cadí, y que ambas lindaban con la Mezquita Mayor.
Cuando lo encontré, extendí el pergamino, y una vez que lo leyó, me abrazó con gran emoción y mandó a los criados que me agasajaran con lo mejor que había en su casa. Empezó a contarme con entusiasmo su juventud con mi maestro y como salieron de Egipto hacia Málaga con el viajero Ibn Batuta, llegando a la ciudad en el año 1398 . Al- Sahili quedó en la ciudad y Sayed pocos años después se trasladó a la corte Nazarí.

Al-Hamma, dispone de una distancia de dos mil codos de la Medina de baños termales, y está defendida de forma natural en dos de sus flancos por profundos tajos. Los restantes, uno está amurallado y el otro está fortificado por la Alcazaba.
Sayed me acogió en su casa y a las dos semanas me donó unas edificaciones en los terrenos de los baños. En el interior de sus salas principales manaban aguas termales y desde sus cúpulas, seis aberturas estrelladas controlaban el vapor y la luminosidad de las pozas.
Un sitio idílico para el relax y el descanso de los mortales, y como yo deseaba añadirle un mayor bienestar a lo que se conocía en aplicación de aguas y barros, le confesé a Sayed mi propósito.
Él se limitó a sonreír y me indicó que me encaminara por el adarve que se abre junto a la Puerta de Granada y que preguntara por Elena de Céspedes y que dejara bien claro que acudía de su parte.
Por la tarde la conocí. Era una mora con piel de almizcle y miel, de torneados pechos y muy sensual. Vestía una falda de sedas transparentes, donde se adivinaba, un atributo de no menos, de medio codo.
Doña Elena o Don Elena, que lo mismo da, una vez enterada de mi proposición, quedó en facilitarme para los baños, desde los palacios Nazaríes, a media docena de doncellas, cuatro hermosos efebos musculados, y una tal Zenotia de la misma condición que ella.
Al mes, y procedente de la Corte, llegaron y se instalaron en las dependencias de los baños y masajes. Doña Elena había incorporado a la expedición a tres enanos que había liberado y que a su entender estaban bien indicados para múltiples afecciones.
Y llegó el invierno, que aquí es largo y con mucha nieve…
Se hicieron los últimos preparos, ropas de cama, ungüentos para las friegas, afeites y barros con miel y cáñamo.
Los primeros inquilinos fueron tres terratenientes que venían con dos criados; tomaron sus aguas en baños continuos de chorros de presión de aguas calientes y después más tibias.
En las salas se instalaron braseros que exhalaban una incesante humareda de cáñamo, y que pronto empezó a hacer en los huéspedes sus efectos alucinógenos, y a destensar y relajar los músculos. Después los empleados se aplicaron en darles suaves friegas de barro mezclado con miel y tomillo, y por último los acompañaron a sus alcobas.
Allí quedaron por tres jornadas con abundante fruta y verdura del terreno, con dos doncellas cada uno y un efebo de fina piel y cabellos dorados.
A la tercera jornada los criados que esperaban en las caballerizas, no daban crédito…
Salieron los señores con el rostro ennoblecido, jóvenes y risueños, como los frutos tempranos que cuelgan de las ramas en los primeros rayos del día.
Los criados, se levantaron de las cuadras al pronto y les hicieron la reverencia. Los terratenientes llenos de bondad y agradecimiento le dieron un dírham de plata a cada uno.
Yo salí al encuentro, y con muchas alabanzas y agradecimientos por su estancia, me entregaron seis dinares de oro y se despidieron con la promesa de regresar lo antes posible.
A las dos semanas vi cómo se acercaban cuatro cabalgaduras, en la primera venía adelantado un paje vestido de púrpura y con un sombrero de plumas amarillo. Llegó a los baños y las tres cabalgaduras de atrás se detuvieron.
Anunció que le seguían tres nobles señoras, que informadas de las medidas terapéuticas empleadas en el establecimiento, acudían a darse los baños y los tratamientos complementarios necesarios.
Al proponerle yo a unas jóvenes doncellas para sus cuidados, el criado respondió que si fuera posible, ellas tenían constancia de las buenas artes de unas amas que acudían al nombre de Doña Elena y Doña Zenotia y mostraban su interés por los servicios de los tres enanos de los que habían oído maravillas.
Una vez acordada la estancia, el paje me entregó una bolsa con doce dinares de oro. Las damas se adelantaron, descabalgaron y pasaron a sus aposentos.
Al tercer día marcharon joviales; eran tres tortolas cortejando con sus arrullos desde las cabalgaduras.
Los años fueron pasando, y el balneario alcanzó tal fama que llegaban huéspedes de todos los lugares y estamentos: musulmanes, judíos y cristianos. La servidumbre se multiplicó por diez; mujeres de ébano de Abisinia, doncellas rubias de Nápoles, negros de Alejandría, efebos de Chipre…
Al mismo tiempo crecían las intrigas, las confabulaciones y traiciones se comentaban entre los huéspedes. La corte, en permanente vasallaje a los Reyes Castellanos, estaba en manos de los clanes rivales de los Zegríes y de Los Abencerrajes que se disputaban a su antojo todos los estamentos del Reino.
La situación hacia finales del año 1491 era irrespirable. Los Borgia colocaron a uno de los suyos en el Papado de Roma. Dieron carta blanca a la Reina Católica y promulgaron la Bula de Conquista como guerra de Cruzada.
Entonces, vendí los establecimientos y repartí lo que creí conveniente entre el servicio. Abandoné Al-Hamma cuando las polvaredas y los pendones castellanos y de las fuerzas mercenarias subían por el valle de Bállix.
Cabalgué sin descanso, y cuando mi caballo no pudo más, continué con otros dos que llevaba de refresco. Galopé por las tierras de las Alpujarras hasta que llegué a la ciudad de Almería. Después embarqué en un jabeque hacia el puerto de Wahran.
Desde esta orilla del Mare Nostrum, a los noventa años, se apaga mi vida. Observo ahora a las abejas, unas complejas y peculiares sociedades que viven y mueren por y para su Reina…
A veces me acuerdo con nostalgia de Málaga y del poeta Umar al-Malaquí.
“Málaga, donde se encuentra una atmósfera limpia,
Arriates que invitan a la fiesta y un reposo que se mete en las almas, Donde hallará fragantes perfumes y valles serpenteantes”
El Club de Escritores Atenea Inspira es coordinado por Lola Acosta y el Club virtual Letras Malacitanas por Laura Lozano, junto a la vocal de Acción Literaria, Vicky Molina
VOCALÍA ACCIÓN LITERARIA